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LAS “OLLAS DIOS” DE LOS LACANDONES 
Arqueólogo Enrique Méndez Torres
Lo que conocemos actualmente como Selva Lacandona se localiza en la parte este del estado de Chiapas, aquí se ubican varias serranías paralelas de piedra caliza; tiene una altitud que oscila entre los 500 y 1500 msnm. Predominando el clima cálido húmedo con lluvias abundantes en verano. La red hidrológica es bastante densa donde el principal río de la zona es el Usumacinta con sus afluentes: el Lacantún, Jataté y Lacanjá (Imagen 1).

Este espacio albergó una vez una selva alta y, hasta el siglo XVIII, al grupo mayence conocido como Lacandón. Nombre que proviene de su antiguo poblado principal Lacam-tun, que significa Peña o Peñón Grande.
Durante los primeros años de la conquista, por orden del rey de España, no se les hizo la guerra para pacificarlos. Pero ante los constantes ataques que estos grupos realizaban en poblaciones españolas, el 16 de marzo de 1558 se manda que se castiguen severamente y que se les cambie de poblado, así, en los siglos XVI, XVII y XVIII españoles y criollos de Chiapas y Guatemala intentan pacificar a esta tribu sin éxito hasta que por fin en 1695 fueron sojuzgados y paulatinamente diezmados. Hasta que en 1769 quedaban sólo tres sobrevivientes en el barrio de Santa Catarina Retalhuleu, en Guatemala.
Para 1870 este espacio también conocido como “el desierto de Lacandón” comienza a recibir a colonos nacionales y extranjeros quienes iban en busca de maderas preciosas, como caoba y cedro. De esta manera, taladores y chicleros, empezaron el proceso de deforestación de la Selva y a presionar a los habitantes que utilizaron este espacio como refugio o a quienes expulsaron de sus territorios obligándolos a internarse cada vez más en este medio selvático.
Entre las personas que visitaron la selva se encuentran algunos exploradores nacionales, como Ramón Ordóñez, José Antonio Calderón, y europeos, como Dupaix, Corray, Waldeck, Stephens, Catherwood, Maudslay, Charnay, Maler y otros, con la intención de buscar legendarias “ruinas mayas”. Muchos contaban sus hazañas y otros pocos las escribieron y siempre les llamó la atención sus extraños habitantes, pues subsistió el mito de los feroces guerreros lacandones.
En 1877 el explorador chiapaneco Juan Ballinas tuvo un encuentro con la gente que habitaba la selva y nos dejó una elocuente descripción de su poblado y lo que en él vio:

Hacia una distancia de cincuenta metros había otra casa mejor que la que habíamos visto, y otras inferiores. Aquí estaban sus santos. Le dije al lacandón que nos llevara a pasear a las otras casas y lo hizo, pero en la casa buena y más retirada no quiso; yo insistí y tuvo que declararme que era Dios y le mostré mucha reverencia por verlo y al fin me llevó y al entrar me quité el sombrero. Dios era una cara mal formada que estaba pegada a un apaxtle de barro. Las dos caras que había en las dos vasijas eran como retratos del sol y de la luna. Las vasijas estaban en una mesa de palo, a un lado de ésta había una tinaja en la que hacían la bebida en sus festines.

Este es el primer dato etnográfico que se tiene de los espacios y objetos sagrados de estos nuevos habitantes de la selva que fueron denominados como Lacandones, siendo hombres de una estatura promedio de 1,60 de alto, delgados, de tez morena y, lo más característico, de cabellera negra y lacia la cual los hombres se dejaban crecer. Como ropa usaban una manta hecha de algodón o de fibras vegetales.
Las actividades rituales para los indígenas, tanto prehispánicos como para sus descendientes actuales, resultan de gran importancia pues es la forma de comunicarse con sus dioses, para pedir bienes o agradecer los recibidos.
Otros investigadores y exploradores como Robert D. Bruce, Alfonso Villa Rojas, Frans Blom y Gertrudy Duby nos comentan al respecto de su espacio sagrado y podemos decir a manera general:
Cada grupo tenía una o dos chozas o ermitas, sagradas donde se practicaban sus ritos tradicionales (Imagen 2) y se conservaban los incensarios, ollas, rostros divinos, piedras sagradas y demás elementos de la parafernalia religiosa; junto a esa choza, que hace las veces de templo, podía ubicarse otra, de menor tamaño, que se empleaba para preparar las ofrendas especiales dedicadas a los dioses. Sólo hasta ahí podía acercarse una mujer, la del jefe, que es quien prepara los alimentos y los lleva al templo.

Estos templos en su construcción y apariencia son similares a las casas de uso corriente (Imágenes 3 y 4), sólo que orientadas, en su eje longitudinal de norte a sur. En su construcción emplean horcones de madera y su techo es de dos aguas, mismo que se prolonga hacia abajo, de modo que el interior queda protegido de la lluvia y de la mirada de gente extraña. Algunas veces es posible encontrar que se cierran los extremos con palmas para hacer el interior más privado. En ciertas ocasiones, y cuando ya se tiene confianza, se permite entrar a los amigos extranjeros con la única condición de no tocar los “rostros sagrados”.

En el interior se encuentran ollas de cerámica con cabezas antropomorfas que ceremonialmente están colocadas mirando al este, a éstos les rezan y les llaman por los nombres de sus dioses en lacandón, se les denomina läkil k´ul, y ellos consideran que estas vasijas son la representación de sus dioses (Imagen 5).

Para algunos lacandones de los alrededores del lago Petjá, los dioses llegan a ser numerosos y variados, con atribuciones muy distintas. Sus nombres se han transmitido de generación en generación de forma oral a través de leyendas. Algunos rostros de estos dioses, representan a la deidad principal, el Sol o K´in.
Al interior de estos braceros se colocan piedras grises o Mu-ur, que representan la selva, éstas son importantes y preferentemente se traen de sitios arqueológicos, como Bonampak o Yaxchilán, entre otros, ya que estos lugares son considerados espacios sagrados de donde surgieron. Encima de estas piedras se quema el copal, muy importante en las oraciones pues es un fuerte vínculo con las deidades. Mientras se quema, el humo les lleva las palabras y plegarias de los hombres y los dioses las reciben con beneplácito, por su agradable aroma. Para quemarlo, antiguamente se hacía con “fuego nuevo” y no debían auxiliarse de encendedores ni cerillos, pues para algunos de ellos esto sería un sacrilegio; en cambio frotan dos trozos de bejuco hasta que producen una flama. Estos cántaros dioses reciben atención religiosa todo el año, haciéndoles rezos especiales y ofrendas de copal.
Los lacandones poseen pocos instrumentos musicales, mismos que se emplean en ocasiones ceremoniales y se guardan también en estos templos. Hacen uso de un tambor sagrado que llaman kaiyum, dios cantor, éste no es otra cosa que un cántaro de cerámica cubierto, en la parte de la boca, con piel de venado. En el exterior lleva modelada una cabecita, similar a la de los incensarios, que también representa a un dios (Imagen 6).

Otro instrumento que se usaba en las ceremonias a manera de trompeta era un caracol (Imagen 7), que servía para convocar a sus dioses, para que bajaran a disfrutar de las ofrendas colocadas en el altar. También lo empleaban para llamar a sus vecinos cuando hacían una ceremonia. Sin embargo, debido a que cuando el caracol aparecía en los sueños se consideraba como un elemento de mal agüero en la actualidad ha caído en desuso, siendo sustituido por un cuerno de vaca. En los rituales, además se usan maracas o sonajas, Soot, hechas de jícaras o calabazo redondo y están adornadas con tiras de corteza de algún árbol. A lo anterior se le suma la caparazón de tortuga que se tañe con un hueso de venado.

En unas bolsas hechas de fibra vegetal se depositan algunas calabazas o jícaras (Imagen 7) que pueden ir adornadas con incisiones en el exterior formando siluetas humanas muy estilizadas, representaciones del Sol compuestas de círculos y líneas alrededor. En ellas se colocan las ofrendas, que consisten principalmente en alimentos y bebidas como el balché y el pozol.
Otro objeto importante dentro del ritual es el shikar o bataché, se trata de una tabla de caoba donde se colocaran pequeños conitos de copal que arderán por varias horas frente a las “ollas dioses”. En esta, como en muchas celebraciones se consume una bebida sagrada, el balché para cuya preparación se utiliza un tronco largo y ahuecado denominado Chem. Asimismo, son de importancia ritual los grandes cántaros u ollas para depositar esta bebida durante las ceremonias. Un último elemento es una escobetilla de plumas que se usaba para limpiar el templo.
Una ceremonia trascendental era la de renovación de ídolos, que se llevaba a cabo cada año, debido a la creencia de que éste era el tiempo de vida que tenían las vasijas. Éste ritual duraba seis semanas.
En la cabeza de los ídolos se ponía una banda roja de corteza de árbol, que llaman mahagua. Antes de deshacerse de los viejos incensarios se les hacía un último homenaje que consistía en rezos y ofrendas diarias a lo largo de las últimas cuatro semanas, tiempo que duraba la manufactura de los nuevos ídolos. Los viejos tambores e incensarios se guardaban en un morral de fibras y se llevaban a depositar a un risco o en la selva para quedar abandonados.
En la elaboración de nuevos dioses algunos lacandones acostumbraban cortarse las orejas con una punta de flecha y dejar gotear sangre sobre los braceros. En estas ceremonias de renovación de ídolos se preparaba comida especial, se llamaba a los dioses a que vinieran a comer y se colocaba un poco de comida en la boca de cada rostro (Imagen 8). La tecnología alfarera lacandona hubiera desaparecido de no ser por la fabricación periódica de estas “ollas dios”.

Cuando no están en uso, los dioses rostros se acomodan ordenados en una repisa que cuelga del techo mediante cordeles, esta repisa se apoya en el lado occidental del adoratorio, de modo que los ídolos tienen el rostro hacia el oriente. Debajo de ellos se colocan los tambores ceremoniales con la efigie de kaiyum. También se guarda el caracol, el pito o flauta.
En la actualidad el Gobierno del Estado de Chiapas ha incentivado a los grupos indígenas a no dejar sus prácticas religiosas y tradiciones. Las siguientes imágenes forman parte de una ceremonia pública realizada el 27 de noviembre del 2008 por un lacandón, en Chiapa de Corzo (Imágenes 9, 10 y 11).

Desgraciadamente estas prácticas y costumbres se van perdiendo, conforme el hombre moderno invade sus espacios y la presión social obliga a los indígenas a adoptar nuevos valores que le son ajenos, provocando que se alejen de sus tradiciones y conocimientos ancestrales.



Bibliografía:
Ballinas, Juan, El Desierto de los Lacandones. Memorias 1876-1877, Publicaciones del Ateneo de Chiapas, México, 1951.
de Vos, Jan, Los adoradores del sol, Jacques Soustelle, antropólogo: En Viajes al Desierto de la Soledad. Cuando la selva Lacandona aún era selva, SEP-CIESAS, México, 1988.
La paz de dios y del rey La conquista de la selva Lacandona (1525-1821). FCE, Gobierno del estado de Chiapas, 1996.
Bruce, Robert D., Lacandon Dream Symbolism. Dream symbolism and interpretation among the lacandon mayas of Chiapas, Mexico. Ediciones Euroamericanas. Editorial EURAM. México. 1979.
Marion Singer, Marie-Odile, Los hombres de la selva. Un estudio de tecnología cultural en medio selvático, Colección regiones de México, INAH, México, 1991.
Palacios, Enrique Juan, En los confines de la Selva Lacandona. Exploraciones en el estado de Chiapas, 1926, SEP, México, 1928.
Villa Rojas, Alfonso, Los lacandones: su origen, costumbres y problemas vitales, En: Estudios
Etnológicos. Los Mayas, IIA-UNAM, México, 1995,


Autor: Arqueólogo Enrique Méndez Torres
Escuela Nacional de Antropología


 
 
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